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Te han hecho una radiografía, o una resonancia. Te han dicho que está todo bien, que no sale nada raro, que tienes algo de desgaste «normal para tu edad». Y sales de la consulta con el papel en la mano y el mismo dolor con el que entraste.

Es una de las situaciones que más veo en la clínica. Y lo primero que suelo decir es esto: que la prueba salga bien no significa que te estés inventando el dolor. Significa que la prueba no mide lo que duele.

Lo que una prueba ve y lo que no

Una resonancia enseña estructura: huesos, discos, tendones, músculos. Enseña cómo son tus tejidos ahora mismo, como una foto.

Lo que no enseña es si te duele. Ni cuánto. Ni por qué.

Esto no es una opinión, es algo que se sabe desde hace años: hallazgos como la degeneración discal, las protrusiones o los desgastes de hombro y rodilla aparecen en muchísimas personas que no tienen ningún dolor, y son más frecuentes cuanto mayor es la edad. Si hiciéramos una resonancia de columna a toda la gente de tu portal, a buena parte le saldría «algo». Y la mayoría estaría tan tranquila.

Funciona igual que las canas. Salen con los años, salen a casi todo el mundo, y no duelen.

Así que el «no sale nada» no es un callejón sin salida. Es información: nos dice que el problema no está donde lo estábamos buscando.

El dolor no mide el daño

Aquí está la idea que más cambia las cosas cuando alguien la entiende.

El dolor no es un medidor de cuánto tejido tienes roto. Es una señal de protección. Es tu sistema nervioso diciéndote «oye, esta zona me preocupa, baja el ritmo».

Por eso un corte de papel en el dedo duele muchísimo y es insignificante, y por eso hay gente que llega a urgencias con una fractura y dice que le molesta poco. Por eso un futbolista termina el partido con una lesión y lo nota al día siguiente, en el sofá. El sistema decide cuánta alarma hace falta según lo que está pasando en ese momento, no según los milímetros de tejido afectado.

Dicho de otra forma: el dolor no te está diciendo cuánto estás roto. Te está diciendo que algo no le cuadra a tu cuerpo.

Y eso ya es una pista enorme, porque las cosas que no le cuadran al cuerpo son muchas más que una lesión.

Para qué sirve, entonces

Hay personas que nacen sin sentir dolor. Es una condición rara, la insensibilidad congénita al dolor, y de entrada suena a superpoder: puedes quemarte y no enterarte, seguir andando con un tobillo roto.

La realidad es la contraria. Muchas de estas personas llegan a la edad adulta con articulaciones destrozadas, fracturas que nadie trató y heridas que se infectaron sin que lo supieran. No porque les pasara nada distinto a lo que nos pasa a todos, sino porque nadie les avisó.

El dolor les habría ayudado.

Eso es lo que es: un aviso. Molesto, insistente y a veces desproporcionado, pero un aviso. Un analgésico baja el volumen de ese aviso, y a veces hace falta bajarlo para poder dormir o para poder moverte. Lo que no hace es contestar a la pregunta. Si te lo tomas, tómatelo; pero hazte la pregunta igual.

Qué puede estar detrás de que te duela

Cuando el dolor no se explica por una lesión clara, casi siempre hay varias cosas sumando a la vez:

Cómo has cargado la zona. No solo lo que hiciste ayer, también lo que llevas haciendo tres meses: horas sentado, una mudanza, volver al gimnasio de golpe después del verano, o justo lo contrario, semanas sin moverte.

Cómo duermes. Dormir mal baja el umbral al que salta la alarma. Es de lo más consistente que hay y de lo que menos se pregunta.

El momento que estás atravesando. Una temporada de estrés, un disgusto, un trabajo que te está comiendo. El sistema nervioso que gestiona el dolor es el mismo que gestiona todo eso.

Lo que te ha pasado antes. Si ya tuviste un episodio parecido, o si alguien te dijo una frase que se te quedó grabada —»tienes la espalda de una persona de 70 años»—, eso cambia cómo interpreta tu cuerpo lo que nota.

Ninguna de estas cosas sale en una resonancia. Todas influyen en cuánto te duele.

Cuando el dolor se queda más tiempo del que debería

Hay otra cosa que conviene saber, porque explica muchos casos de «llevo años así».

Cuando una alarma lleva mucho tiempo sonando, se vuelve más sensible. Empieza a saltar con menos motivo. Lo que antes no molestaba, ahora sí; lo que molestaba un poco, ahora molesta bastante.

Eso no significa que estés peor. Significa que el sistema se ha quedado en modo protección y le cuesta salir. Y como es un sistema que aprende, también puede desaprender. De hecho es justo lo que buscamos cuando trabajamos un dolor que lleva tiempo: no pelearnos con la zona, sino convencer al sistema de que ya puede bajar la guardia.

«¿Entonces me estás diciendo que es psicológico?»

No. Y me parece importante dejarlo claro, porque mucha gente llega habiendo oído exactamente eso y con razón para estar harta.

Tu dolor es real. Siempre. No hay dolor imaginario: si lo notas, está ocurriendo.

Lo que digo es otra cosa: que el dolor lo produce tu sistema nervioso, y que el sistema nervioso tiene en cuenta muchas más variables que el estado del tejido. Eso no lo hace menos real. Lo hace más modificable, que es una noticia bastante mejor.

El dolor tiene hora y sitio

Si llevas un tiempo con esto, prueba algo: fíjate en cuándo aparece.

Hay una tensión de cuello que vuelve cada lunes. Una espalda que se queja después de cada entrenamiento, pero no durante. Un dolor de cabeza que aparece siempre después de la misma reunión.

Mucho dolor tiene hora, tiene sitio y tiene contexto. Y eso no es casualidad ni es mala suerte: es el patrón. Cuando alguien me dice «me duele desde hace meses» no tengo mucho con lo que trabajar. Cuando me dice «me duele los lunes por la tarde y desde que cambié de mesa», ya tenemos por dónde empezar.

Trae eso a la consulta. Vale más que una resonancia.

Qué sí ayuda

Dejar de buscar la prueba definitiva. Si ya te han hecho dos y no explican lo que sientes, una tercera tampoco lo va a hacer. A veces lo único que consigue es darte un hallazgo nuevo del que preocuparte.

Que alguien escuche el caso entero. Cómo empezó, qué has probado, cómo duermes, qué te limita de verdad en el día a día. La información que falta casi nunca está en la zona que duele.

Moverte, aunque sea poco y aunque moleste un poco. El reposo largo es de las pocas cosas que empeoran casi cualquier dolor persistente. No se trata de apretar los dientes: se trata de encontrar la dosis que tu cuerpo acepta hoy, y subirla poco a poco.

Entender lo que te pasa. Suena blando y no lo es. Cuando dejas de pensar que cada pinchazo es tu espalda rompiéndose un poco más, el sistema deja de reaccionar como si lo fuera.

Cuándo sí hay que ir al médico

Que el dolor sea una señal no quiere decir que todo se arregle con fisioterapia. Pide cita con tu médico si aparece alguna de estas cosas:

  • Pérdida de fuerza o de sensibilidad que va a más
  • Fiebre o pérdida de peso sin explicación
  • Dolor que no cambia con ninguna postura y te despierta cada noche
  • Problemas para controlar el pis o las heces
  • Un golpe fuerte o una caída importante antes de que empezara

No son frecuentes, pero conviene tenerlas localizadas.

En resumen

Que las pruebas salgan bien es una buena noticia mal explicada. Quiere decir que no hay nada grave y que el problema está en otro sitio: en cómo se está comportando tu sistema de alarma y en qué lo está manteniendo encendido.

Eso se puede trabajar. Pero hay que mirarlo entero, no solo donde duele.

Si llevas tiempo dando vueltas con un dolor y nadie te ha explicado todavía qué te pasa, así es como trabajamos en Kineos. Y si prefieres contármelo directamente, pide cita aquí.


Roberto Ruiz Santiago
Fisioterapeuta · Colegiado nº 4711, Colegio Profesional de Fisioterapeutas de la Comunidad de Madrid
Kineos · Ensanche de Vallecas, Madrid · Desde 2011